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Si mis planes salen como deberían salir, dentro de unas semanas desapareceré durante un tiempo. Seguiré trabajando con mis pacientes, aunque solo a través de Skype. Y aunque pudiera parecer a priori, que se pierde comunicación no verbal y determinadas cuestiones complejas son más difíciles de explicar a través de esta herramienta, de hecho no es así. En absoluto. En algunos casos clínicos incluso he observado que el parapeto del plasma favorece el intercambio de ideas y vivencias. No subestimen el poder hablar con total libertad y sin ser juzgado, con un profesional, de cosas que no pueden hablar con familiares, pareja o amigos.

 

Existe una tendencia en nosotros a huir cuando las cosas van mal o definitivamente se han roto del todo o cuando somos presa de una desgracia. Pensamos en viajar a tal país o en emprender una nueva vida en otro lugar e, inocentemente, creemos que así mejorará nuestro estado de ánimo y disminuirá nuestra angustia. Pero no es así. Primero hay que solucionar los problemas y, solo después, desaparecer. Cavafis nos demostró en su poema “La ciudad” que no es posible huir de nosotros mismos.

“No hallarás nuevas tierras, no hallarás otros mares.
La ciudad te seguirá.
Vagarás por las mismas calles.
Y en los mismos barrios te harás viejo;
y entre las mismas paredes irás encaneciendo.
Siempre llegarás a esta ciudad.
Para otra tierra -no lo esperes-
no tienes barco, no hay camino.
Como arruinaste aquí tu vida,
En este pequeño rincón,
así en toda la tierra la echaste a perder”.

En mi caso, no huyo para huir de mí. Sencillamente, necesito un respiro. Una novela -“La tiranía de los buenos”- espera ser escrita en soledad. Una reestructuración cognitiva -a modo de reseteo vital- aguarda ser realizada con éxito para volver con energías renovadas. Y, además, seguiré trabajando, que es una actividad muy recomendable para cualquier ser humano, en el caso de que la labor suponga autorrealización y bienestar de conciencia.

JD Salinger. Escribió El Guardián Entre el Centeno. Un pelotazo editorial. Es lectura obligatoria en los colegios públicos. Imaginad los royalties. Pum. Se forró. Y desapareció. Jamás concedió una entrevista. Desapareció. En él no existía ni una onza de vanidad. Pero los periodistas lo buscaron. Mala gente los periodistas -algunos que, por desgracia y en todas las épocas, son legión-. Y preguntaron al charcutero y a la camarera y al barrendero y a mogollón de gente de aquel pueblo de la América profunda donde se escondió. “¿Sabe usted quién es Salinger?”. Sí. Respondían todos. “¿Sabe usted dónde vive Salinger?” Sí. Respondían todos. “¿Me podrían ustedes indicar dónde vive?”.
No. Respondían todos.