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Durante largo tiempo, mi madre estuvo fotografiando los amaneceres de la playa que se ve desde nuestra casa familiar a la misma hora cada mañana con una cámara de fotos Polaroid. Las instantáneas resultaban hipnóticas, maravillosas. Con esos amaneceres rosados y apacibles a veces, naranjas y peleones otras. Siempre el mismo plano. Las palmeras cuellilargas de pelambres locas como ancianas erosionadas, superpuestas a un mar gris, azul, verde, marrón y todas las mezclas de estos colores que puedan imaginar.

En Smoke, la peli de Wayne Wang -con guión de Paul Auster y música de Rachel Portman-, muchos personajes estrafalarios le cuentan sus historias a Auggie Wren, petimetre de un estanco encarnado por Harvey Keitel. Allí se cuenta la dramática historia de un hombre que había perdido a su mujer de una terrible enfermedad. Las fotografías del estanco, a la misma hora, y de todos los diferentes detalles de cada día, ayudan a este hombre a sobreponerse a la tragedia.

Sin ella saberlo, mi madre hacía exactamente lo mismo, tras el fallecimiento de mi abuela.

Una de las cosas que diferencian nuestra memoria de la de un ordenador es que está distorsionada, transformada y modulada por la emoción presente. Si estamos tristes, recordaremos cosas tristes. Si estamos alegres, recordaremos cosas alegres. Si estamos cabreados, recordaremos injusticias. Si nuestro estado de ánimo es sereno, recordaremos cosas tranquilas. Y así.

Hace poco me sucedió una serie de acontecimientos que, aunque suene manido, no se los deseo ni al peor de mis enemigos. Lo prometo. Soy una persona sin enemigos. Solo tengo un puñado de castrados éticos, mujeres con relatos delirantes en sus cabezas, gente envidiosa y, probablemente, alguien a quien yo le hice alguna vez una trastada vital -queriendo o sin querer-, que me odian y a los que pido sinceras disculpas. Pero el manojo de personajes no es muy grande -espero-. O al menos no tan grande como el de seres humanos que me quieren y respetan y cuyo sentimiento es mutuo. Pues bien, ni a ese manojo de pirados les deseo lo que me sucedió no hace mucho, aunque parezca que fuera hace años.

Nuestra atención parece continua, pero no lo es. Es discreta. Me explico: cuando contemplas un paisaje con árboles, flores, un río y una montaña, por poner un ejemplo, no ves todo el paisaje ni en su conjunto ni de un modo continuado. Ves polaroids. Una tras otra. Lo mismo sucede con la vida.

La vida está compuesta por fotogramas. Cuando estás en paz estos fotogramas son unos pocos por una determinada fracción de tiempo. Cuando, como en mi caso, la vida te pone bajo un estrés y un estado de conciencia tan tan tan alterado, los fotogramas se suceden enloquecidos, exponencialmente crecidos en su número. PUM, PUM, PUM. Esa mujer paseando el gato, el ciclista que pasa zumbando a tu lado con su superioridad moral de ciclista, el gato, el perro, la embarazada, el caballero canoso, un insignificante ruido que parece una bomba. PUM, PUM, PUM. Fotograma, fotograma, fotograma.

Por esa razón, todo lo que me aconteció entonces parece que sucedió hace dos décadas, aunque fuera hace tan solo unos meses.

Estoy convencido, aunque no seguro -los sicilianos somos como los jónicos, gente práctica, que preguntamos tonterías las mínimas-, que mi madre, una mujer sin estudios, positiva, sencilla, trató de frenar los fotogramas de su atención, almacenados en los anaqueles de su memoria, a través de aquellas viejas polaroids.

Y si no fue así. ¿A quién le importa?