as-good-as-it-getsUna manía es posible que se te olvide, pero un ritual no” -es lo que suelo responder a mis pacientes cuando me preguntan sobre la diferencia entre ambos conceptos. Los rituales aparecen, puntuales como relojes suizos, todos los días sobre las mismas horas. Los habituales suelen ser de comprobación (gas, puertas, ventanas), de limpieza (dientes, genitales y otras zonas corporales de lo más arbitrarias), de orden (con predisposición por la simetría y el paralelismo, incluso cósmico, ya que el universo a veces parece presa de un Trastorno Obsesivo Compulsivo) y cognitivos (obsesiones, pensamientos intrusivos, ideas rumiantes, hipocondría, supersticiones, dudas y delirios).

Las obsesiones más comunes están relacionadas con la sexualidad, la contaminación, la acumulación de objetos, con cuestiones místico-religiosas y últimamente con la política y la estética -cuestiones estrechamente relacionadas, tanto entre sí como con el misticismo religioso- como compruebo a diario en las redes sociales y las conversaciones de los parroquianos en las tabernas. Y entre las variables que puedan mediar en estos rituales compulsivos están la estimación excesiva de una amenaza, ideas excesivamente austeras (o, por el contrario, que viven por encima de sus posibilidades), demasiada responsabilidad, umbral bajo de tolerancia a la incertidumbre y perfeccionismo.

Un paciente con un TOC puede comenzar su jornada laboral a las 8:30 de la mañana. Dormirse a las once de la noche y despertarse a las 7. Después se despertará a las 6 porque ha de controlar las calorías del desayuno y comprobar que todo está bajo control en su casa tres veces antes de salir. Más tarde se levantará a las 5, ya que ha de controlar aún más las calorías de su desayuno, revisar que su cuerpo está perfectamente fumigado y verificar que todo está bajo control en su casa seis veces antes de salir. Luego abrirá a los ojos a las 4, ya que las calorías del desayuno le obsesionan, la higiene corporal le atormenta y ha de cerciorarse de que todo está bajo control en su casa nueve veces antes de salir. Posteriormente abandonará su cama a las 3, ya que solo come frutos secos, su cuerpo se ha convertido en una dura contienda entre virus y antivirus y ha de cotejar que todo está bajo control en su casa doce veces antes de salir. Llegará al día en el que el despertador sonará a las 2. En su organismo se estará librando la Tercera Guerra Mundial entre microorganismos, estará delgado como un palillo porque habrá escuchado que, en un pueblo de Groenlandia, existe un vegano obeso y deberá confirmar que todo está bajo control en su casa quince veces antes de salir. No habrá dormido ni un solo minuto, porque todas estas cosas de las que les hablo las habrá tenido que hacer también por la noche, antes de meterse en la cama a la 1 con una alud de pensamientos intrusivos que le impiden dormir. Entonces, un día, tocará a la puerta de mi consulta. TOC-TOC. Y yo le diré: “pase, siéntese, dígame, ¿qué le pasa?” Y sacaré mi siempre útil paquete de kleenex.

Más allá de nuestras predisposiciones genéticas, que suponen un acto de fe como otro cualquiera en el caso que nos ocupa, y de los sucesos vitales antecedentes, que suponen tan solo una construcción narrativa retrospectiva, una recapitulación vital que no va a solucionar el problema, el TOC se puede trabajar, hasta el punto de extirparlo de nuestros pensamientos y comportamientos o, al menos, convertirlo en un execrable residuo cognitivo más, como el rencor o la envidia. Es posible, por ejemplo, hacer una lista con todos los rituales que el paciente ha de realizar, ordenarlos por su antigüedad, comenzar a dejar de hacer los más modernos, comprobar que la catástrofe que nuestra mente creó de un modo arbitrario (“si no me paso la seda dental tres veces por cada diente no dormiré”, “si no enciendo y apago la luz quince veces antes de salir de casa mi familia morirá”) no tiene lugar y continuar extinguiendo los más inveterados.

Se pueden aplicar muchas y variadas técnicas cognitivas para detener la corriente de pensamiento y se puede postergar la conducta compulsiva hasta controlarla ya que, como todos sabemos, controlar es postergar. Es decir, que aunque existen tendencias genéticas, poseemos margen para la acción individual. Nuestros genes no son prisiones frías, inflexibles e inalterables en las que estamos encerrados. O, al menos, no del todo. En la celda existen fracturas por las que, con mucho esfuerzo, podemos colarnos y escapar de ella, de ese agarrotamiento de nuestro juicio.

Este tostón que les estoy soltando viene a cuento de que cerca de la clínica hay un hombre, ya mayor, que es prisionero de un trastorno obsesivo compulsivo, el pobre. Van a pensar ustedes que mi barrio es un manicomio. Con el vendedor de romero creando contubernios cósmicos y el chino que dice: “tlabajal tanto es como un tlipi”. No. Mi barrio no es un sanatorio mental. El planeta entero lo es. Y como en todos los psiquiátricos residenciales, todo está en su sitio, bajo control, la gente se comporta de un modo civilizado y educado, disimulando, mirando de reojo, tratando de engañar a los doctores. Como dijo Poe: “cuando un loco parece completamente sensato, es ya el momento de ponerle la camisa de fuerza”.

Este hombre lleva a cabo sus ritos pasando desapercibido, entre los jóvenes y sus motocicletas, los ancianos y sus perros y las parejas cuarentonas y sus peleas. Casi nadie se da cuenta de su presencia o, por lo menos, de lo que se trae entre manos (aunque sería mejor decir entre ceja y ceja), pero cada vez que lo veo se me parte el alma.

Los pacientes con un TOC sufren lo indecible. Esa espada de Damócles diaria, sobrevolando cada pensamiento, cada conducta. Además, por regla general solían ser personas divertidas, desprendidas y compasivas, hasta que apareció el suceso desgarrador y huyeron hacia adelante en lugar de hundirse en la conmiseración y la autoindulgencia. No es lo mismo un TOC que ciertas manías. No es lo mismo una depresión que una tristeza común. No es lo mismo un trastorno bipolar que simples cambios de humor, por muy bruscos y cambiantes que resulten. Si hay algo que detesto es la superficialidad con que se trata la psicopatología hoy día. Si no sufren lo indecible, no les pasa absolutamente nada. Déjense de cuentos. Nada. Sus vidas son como las del resto, con la natural angustia que desprende la experiencia paradójica, absurda y contradictoria que es la existencia. Pero los pacientes con un TOC sufren lo indecible. Primero bajas a una oscuridad, luego a otra, más tarde a una más profunda, aparece el miedo y sales de ahí como puedes, aunque sea hipotecando tu vida a un ritual perpetuo.

En experimentos de condicionamiento clásico los animales han mostrado siempre un comportamiento supersticioso. Como dijo Aristóteles, si dos cosas suelen suceder una detrás de la otra, la aparición de una traerá la otra a la mente. Hubo un momento en el que probablemente, en la mente del obsesivo, una conducta al azar vino aparejada de una reducción de ansiedad y se estableció esa relación, pese a no tener ninguna base empírica. A partir de ese momento, a un pensamiento ansioso le siguió una pauta compulsiva. De modo que ahí está ese pobre hombre, perdido entre niños y madres helicópteros, entre matones de barrio y personas solitarias que anhelan algo mejor, mirando la puerta de su casa, una y otra vez, dando unos pasos a un lado, luego a otro, rodeando un semáforo, dejando su cuerpo caer antes de echar a andar, midiendo el espacio, girando sobre sí mismo para volver a repetir la ceremonia. Se nota que el ruido interfiere porque, a veces, chasquea la lengua y vuelve a empezar. Estira el cuello, respira hondo, avanza, vuelve sobre sus pasos, duda, de nuevo mira la puerta de su casa, se mueve a un lado, luego al contrario, rodea el semáforo, abandona su cuerpo y comienza a caminar, calibrando su holgura mental. Vuelta a empezar.

Yo lo observo, desde la lejanía, realizando todas estas cabriolas que no solo no sirven para disminuir su ansiedad, sino que la incrementa. En la total desconexión entre ambas está la clave. Lo contemplo, de lejos, perturbado, congestionado, mirando la puerta, dando vueltas y más vueltas sobre sí mismo. Una vez pensé en acercarme, soltarle una tarjeta y decirle: “No se preocupe. Lo que le sucede tiene solución”. Pero no lo hice. (La libertad). Aún no lo he hecho. (Incluso en la autoesclavitud existe la libertad individual). Y no creo que lo haga. (¿O sí?). Al fin y al cabo, no es asunto mío. (¿O sí?).

Mírenlo. ¿Lo ven? ¿Son capaces de verlo? Ahí está. Atribulado. Perdido en el laberinto de sus propios pensamientos. Atrapado en la fría cárcel de su miedo. Vigila la puerta por enésima vez. Toma distancia. Hacia un lado. Hacia el otro. Parece que esta es la buena. Tuerce el semáforo y, precipitándose hacia adelante, da unos pasos y entra en su casa.