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Ya no soy miembro de la directiva del Club Liberal 1812 de Málaga. Ni siquiera soy ya socio. Me lo comunicaron hace una semana. Vuelvo a ir por libre. Tan por libre que puedo asegurar que lo que opinaba Paco Umbral hace unas décadas no solo era cierto sino que, a estas alturas, debería estar aceptado como la Segunda Ley de la Termodinámica o la muerte. “El liberalismo fue muy activo en el XIX, pero luego se ha convertido en una elegante poltrona para biempensantes que todo lo comprenden, todo lo toleran y no se meten en nada”.

Mejor que no se metan en nada. Bastante conservadurismo reaccionario tenemos ya en España.

Además, como cada año, me despido del periodismo de opinión con una columna política no publicada, a pocos días de haberse festejado el Día Mundial de la Libertad de Prensa. Dice o, bueno, más bien decía así:

André es de Marruecos. No vende colchas porque no son colchas. No vende sábanas porque no son sábanas. No vende mantitas porque no son mantitas. No sé exactamente su nombre. Pero quedan muy bien en mis dos sofás. Son azules y blancas. Le compré dos hace ya tiempo, pero siempre que me ve me ofrece otras dos. “André, solo tengo dos sofás” -le respondo. Entonces me dice “amigo” y “hermano” y se me queda, así, mirando, con una sonrisa distraída, como de crío, se quita la gorra con visera y se enjuga el sudor con la palma de una mano, con ese mostacho canoso y esos ojillos negros inquietos.

André viene todos los veranos, vende esas cosas que se ponen encima se los sofás, que no son colchas, ni sábanas, ni mantitas, que no sé el nombre exacto, pero da igual porque son bonitas a rabiar, y luego se vuelve a Marruecos y le afloja la pasta a su mujer y tres hijas. Su preferida es la pequeña. Siempre que le veo le invito a un espeto, dos bollos de pan y dos Cruzcampo Gran Reserva, de esas que dicen que son de 1904 -la manera de estafarnos-, porque me dice amigo y hermano y porque tiene un mostacho fantástico, muy elegante. Se come los bollos de tres bocaos y los espetos con cabeza y todo en un tris. Da gusto verlo comer. Y se trasiega las cervezas con una fruición. Vaya. Da gusto verlo comer y escuchar sus breves historias. Porque el tiempo es dinero para él. Y no tiene mucho tiempo y, sospecho, que tampoco demasiado dinero. Vive de vender esas cosas que no son colchas, ni sábanas, ni mantitas en verano y con eso tira el resto del año, hasta el verano siguiente. Pasa un calor y un hambre de cojones.

El hijo de una de las camareras de la cafetería de al lado de casa está en las categorías inferiores del Barcelona. ¡Tendrían que ver cómo se le enciende la cara de orgullo cuando habla de su mocetón! Otra camarera de un restaurante de carne a la brasa hace terapia con su chucho, marrón y blanco, precioso, para pacientes con depresión. Le paso algunos de cuando en cuando, para que entrene. El espetero del chiringuito, mi coleguilla Edgar, tiene tatuado en el cogote una teoría matemática suya del doble límite. Una ecuación diferencial que demuestra que una partícula no puede vivir sin otra partícula. Buena gente. Cuando salimos de juerga me pone la cabeza como un bombo.

La floristera abre su negocio cada día con un modelo diferente. ¡Qué ganas le pone! ¡Cómo le miran los hombres cuando pasan a su lado! Zipi y Zape pasean los perros de los señoritos, bebiendo latas de cerveza caliente Hacendado. Zipi habla a gritos, con la garganta. Zape mantiene silencio mishimesco. Siempre se lían cuando han de tirar las latas vacías. ¿El contenedor verde, azul o amarillo? Solo pelean por eso. Juan, otro camarero, me llama para que haga de intérprete con los clientes alemanes, británicos y del norte de Europa. Su estrategia de chillar cuando no se le entiende no funciona demasiado bien.

Vivo en un barrio muy envejecido. Simpáticos caballeros temblorosos de pantorrillas pálidas y lampiñas me dan los buenos días. Tiernas mujeres enfermeromaternales me sonríen con calidez. Sus trémulas manos se posan en mi brazo en señal de agradecimiento. Personas amables, tolerantes, dispuestas siempre a ayudar cómo pueden.

Nada más salir de casa, todos se me pegan como lapas para contarme sus cosas. Me encanta escuchar sus relatos vitales. 

A André no le gusta que un grupo de jóvenes universitarios lo utilicen como causa política. A las camareras les disgusta que no les paguen sus horas extra. A mi socio Edgar, que no tuvo la oportunidad de estudiar una carrera, pese a que sabe más matemáticas que la media, le repugna que esta turba de ganapanes que se esfuerza cada día más por echar a perder nuestro país use las universidades como agencias de colocación política. La floristera está harta de la presión fiscal. Zipi y Zape. Bueno, bastante tienen los dos. Juan trabaja duro para sacar a su familia adelante. Y las personas mayores tiran con sus pensiones como pueden, mordisqueando la almohada por las noches de rabia por las cartitas de marras de Fátima Báñez.

A ninguno de nosotros nos gusta que nos vacile esa pandilla de demagogos, histriónicos, mentirosos, populistas, ladrones, falsificadores e imbéciles políticos que tenemos, tanto en el gobierno como en la oposición del Estado, autonomías y ayuntamientos. Y, por descontado, todos despreciamos profundamente el periodismo actual, tanto de un bando como de otro. Porque somos tontos, sí, pero no tanto como para no darnos cuenta de que cada periódico, cada televisión pública y privada, cada cadena de radio está poniendo su granito de arena para que esta masa enloquecida de sinvergüenzas esté donde esté, chupándonos la sangre.

Que os den. Que os den a todos“.

A ver en qué periódico me toca escribir tras el verano. No es nada sencillo soportar la presión ética que implica pensar que uno trata de poner su granito de arena en aumentar la calidad de nuestra democracia y, al final, caer de nuevo en la cuenta de que, ni tan siquiera es en vano, sino lo que se consigue es empozoñar nuestro lodazal público un poquito más, hasta convertirlo en una vulgar telenovela.