lorenz

Hace muchos años les hablaba a mis pacientes sobre otras especies animales. Si, por ejemplo, una pareja me decía que, después del nacimiento de su primer hijo, había empezado a gritarse mucho, yo le respondía: “En circunstancias de estrés es bastante común gritar al que tenemos al lado. Los perros, cuando están nerviosos, ladran a otros perros para reducir su ansiedad y transferirla a esos otros perros”.

Si dudaban de su orientación sexual les hablaba de los bonobos, una alegre especie de simios en la que es muy común la bisexualidad y las orgías. O si eran presos de un trastorno obsesivo-compulsivo, les explicaba que las palomas, tal y como demostraron algunos experimentos de Pávlov, tenían tantas manías que se podían considerar perfectamente rituales con patas, alas y pico.

Era una manera de quitarle hierro al asunto, de que vieran su problema bajo el prisma de determinados resortes que posee la mayoría de especies de la naturaleza. Desgraciadamente tuve que dejar de hacerlo. La mayoría (no todos, aún hablo con algunos de esas cosas) me miraba asombrada, con los ojos muy abiertos, y me decía: “Ya, Luis, todo eso está muy bien, pero yo no soy un mono, una paloma o un perro”.

De modo que aquí estamos, en un mundo dentro del mundo, pero apartado de él, viviendo nuestra dulce virtualidad de redes sociales, hormigón y plástico, demasiado conscientes de nosotros mismos. Porque, aunque la idea inicial de las redes sociales parte de la teoría de los seis grados de separación, según la cual todos los seres del planeta estamos conectados a través de no más de seis individuos, esta ha cambiado un poco. Y lleva a equívocos. En la vida real todos tenemos amigos y familia. O deberíamos, por una sencilla cuestión de salubridad mental. Un grupo no demasiado extenso. El núcleo duro, que nada tiene que ver con la nube cibernética. Entre ambas vidas, la informatizada y la de carne y hueso, media un desierto de verosimilitud.

“En las redes sociales no hay límites, en la vida real sí”, me dijo una vez una antigua paciente a la que hoy considero amiga. ¡Lo que yo les diga! Debería pagarles yo a ellos, y no al revés.

Las redes sociales y los portales de ligoteo son una dimensión espacio-temporal diferente de la realidad. Esto parece estar claro. Uno va a la playa y no ve a alguien en la orilla gritando a voz en pescuezo a todos los bañistas allí congregados: “¡Escuchadme, hace diez años nació la criatura más bonita del mundo: es mi hijo! ¡HIJO, TE QUIERO!”. Tampoco escucha a una señora esputarle, de repente, a un joven: “¡Fanático hijo de los mercados, arderás en los infiernos de las agencias de calificación!”, o bien: “¡Bolchevique, no digas tonterías, que las acciones de Nintendo lo han petado gracias al Pokemon Go!” o “¡Me avergüenzo de este atrasado país pero sigo viviendo en él. Mi sueño es ser nórdico!”- así, con un enorme megáfono en la boca. Al igual que los hombres no van por la calle diciéndole a señoritas que no conocen de nada esas cochinadas que son capaces de decir desde la húmeda penumbra de su salón. Ya saben a qué me refiero. Es un mundo rarro, rarro, rarro este.

Aunque, para nuestra suerte, este mundo virtual tiene una validez interna nula. Somos monos y seguiremos siéndolo. Ya lo dijo Konrad Lorenz, el caballero de la fotografía, en Hablaba con las bestias, los peces y los pájaros: los científicos no atinan a encontrar el eslabón perdido entre el mono y el genuino ser humano porque está delante de nuestras narices: somos nosotros.

¿Quién, en su sano juicio, podría opinar lo contrario?