primavera

La primavera ya está aquí. La primavera: época de manías, de partidos de ping-pong entre el frío y el calor. Con la primavera, los pacientes se aproximaban a mi consulta, así, tímidamente, con ese incesante goteo, como diciendo: “No es culpa mía, es esta maldita época”. Y yo los miraba y decía, o pensaba: “Lo sé. Ya lo sé. No se preocupen”.

Ahora todo ha cambiado. Solo funcionan las videollamadas pero, bueno, la cuestión es que funcionan las videollamadas. Muchas cosas tienen buenas esta época posmoderna. Entre ellas, las videollamadas. Quizá se tenga la sensación de que se pierde cercanía y que la gestualidad, tan importante en psicoterapia, se amortigua en el acto comunicativo. Pero, a la vez, algunos pacientes se sienten más seguros hablando, parapetados tras el plasma.

Yo no soy virólogo ni epidemiólogo. No sé absolutamente nada de si las medidas técnicas en contra del coronavirus son las adecuadas o no. Solo me limito a seguirlas, sin demasiadas paranoias obsesivas ni arranques hipocondríacos. Eso sí: soy psicólogo, que también termina en logo, que recoge, selecciona y elige en base a un criterio profesional. Y, como tal, les puedo asegurar que este confinamiento en casa va romper muchas parejas y familias. ¡Si ya lo hacían las vacaciones, que no hará el aislamiento! Tengan cuidado y ármense  de tolerancia y paciencia. Las relaciones sentimentales, cuando se tuercen, afectan negativamente a la psique más que ninguna otra coyuntura vital. Todos lo sabemos.

¡La primavera! Esta condenada época en la que comenzaba a quedarme encerrado en la clínica, entre jóvenes semisanos y ancianos al borde del abismo, pendientes todos ellos de sus constantes vitales, y la amable enfermera que, juego de llaves en mano, me miraba perpleja desde la UCI, como si yo fuera una aparición, una alucinación, y solo cuando la imagen de su retina se emparejaba con el almacén de jetas de los anaqueles de su memoria, entonces me reconocía y sonreía, con esa sonrisa amable, austera y plena de confianza que solo tienen las enfermeras.

-¿Otra vez? -preguntaba, sonriendo como ya dije.

-Sí- respondía, así, como atribulado.

Y mientras bajábamos en el ascensor, me contaba cosas maravillosas y tiernas, sobre la familia y lugares donde a uno le gustaría estar. Y salía a la calle. A la oscuridad de la calle. A la desasosegante oscuridad de la calle. A la vigorosa y desasosegante oscuridad de la calle. Y observaba ese par de estúpidos zapatos colgando del tendido eléctrico.

Si algo bueno tiene esta cuarentena domiciliaria, es que ya no tengo que contemplar ese par de estúpidos zapatos colgando del tendido eléctrico.