“Soy un enfermo. Soy malvado. Soy un hombre desagradable. Creo que padezco del hígado. Pero no sé absolutamente nada de mi enfermedad. Ni siquiera puedo decir con certeza dónde me duele (…). Además soy extremadamente supersticioso…, tanto como para sentir respeto por la medicina. (Soy un hombre instruido. Podría, pues, no ser supersticioso. Pero lo soy.) Si no me cuido es, evidentemente, por pura maldad. Ustedes, con toda seguridad, no lo comprenderán; yo sí que lo comprendo”.

Yo también. 

Para un psicólogo clínico, Memorias del Subsuelo es la novela total. Allí está todo. Todo. Cualquier cosa que se le pueda pasar por la cabeza a un tipo reconcentrado, marginado, neurótico, que idea conspiraciones y planea venganzas imaginarias de continuo. Cuántas veces habré escuchado yo las cosas que se cuentan en Memorias… ¡Cuántas! ¡Y por gente tan respetable! 

Las contradicciones del enfermo mental, cuya lucidez nunca será alcanzada, jamás, por el ciudadano mentalmente “sano” y adecuadamente integrado en la sociedad. La simpatía que, al instante, se siente por el desplazado, por el individuo arrinconado que renuncia al redil. Y, sobre todo, es una de las novelas de Dostoyevski. A secas. Ni siquiera la subjetividad, ese rodillo que tanto daño está haciendo al arte, será capaz de desplazar al de San Petersburgo del pedestal de los cinco mejores novelistas de la historia.

En Memorias del Subsuelo un psicoterapeuta puede aprender, al instante o al buen tuntún, que en ocasiones -cuando una psicopatología se muestra severa, bajo su rostro más feroz- uno no debe enfrentarse de manera directa a las resistencias mentales del paciente y ponerse a dar consejos de buenas a primeras. Entre otras cosas porque el paciente sale por la puerta y no vuelve a aparecer. Además, los relatos imaginarios de un enfermo mental severo poseen tal consistencia, tal lógica interna, tal validez subjetiva -tirando siempre del hilo de parte de la objetiva-, que resulta del todo estéril tratar de desmontarlo desde la insensata sensatez.

Uno debe meterse en su pellejo, en su coleto pretérito, en su único e intransferible capote -al margen de etiquetas clínicas- para, después, emerger del subsuelo y poner, al menos, un pie en el suelo. No siempre es posible, como es el caso de ese funcionario amargado, socialmente lacerado, alterable y narrador solitario hacia un público inexistente que es el protagonista de Memorias. Pero, aunque uno no aprenda mucho sobre terapia durante las páginas de esta atroz lectura, sí lo hace sobre evaluación. 

Nietsche dijo de Dostoyevski fue el único psicólogo del que tuvo que aprender algo.

Yo también.