El anclaje es un sesgo cognitivo que está muy relacionado con una figura narrativa: la sinécdoque. Un sesgo distorsiona la realidad y, en este caso, hace que nos fijemos solo en el rasgo de una persona para tomarla como pareja, en el de un político para elegirlo como nuestro preferido o la marca para comprar una camisa, pasando por alto el resto de sus atributos. Es como si arrojásemos un ancla para estabilizar nuestra mente antes de tomar una decisión. 

El anclaje está tambien muy relacionado con la terquedad, el empecinamiento, ser cabezón como un burro que solo ve la zanahoria. Pero recuerden que un sesgo es un prejuicio, un espejismo, una alteración de la realidad. Quizá les sirva de algo en un futuro: tomar la parte por el todo es siempre un error, tal y como hace la sinécdoque. Tal y como hacemos todos. En mayor o menor medida.
Un buen día nos despertamos y una idea, o mejor dicho, un rasgo de una idea, queda fija en nuestra mente como un ancla en el fondo del mar. Y a partir de entonces, esta idea, es decir, el rasgo de esta idea, es defendida de un modo obsesivo, empecinado, inflexible, aunque las evidencias, o algunos rasgos de esas evidencias, vayan en su contra. De ahí que en política se creen esos bandos cerrados que toleran las corruptelas propias, pero detestan las de sus enemigos.

Por lo general, en psicología electoral existen cuatro sesgos cognitivos principalmente. 

(1) De disconformidad: filtramos la información que nos llega para ignorar la que va en contra de nuestros dogmas, y dar crédito a la que corrobora nuestras tesis, sin importar que el medio de comunicación sea riguroso o no.

(2) De arrastre: votamos en base a lo que creemos que los demás van a votar, olvidando a los partidos minoritarios y centrándonos en los hegemónicos.

(3) De impacto: creemos firmemente en el apocalipsis si ganan nuestros adversarios.

(4) De control: pensamos irracionalmente que nuestro voto lo cambiará todo.

Metan estas distorsiones en la coctelera de una urna y obtendrán un Frankenstein político.