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Desde el punto de vista de un psicólogo clínico, que un animal de bellota, enajenado e ideológicamente adoctrinado, agreda a una mujer por no ser independentista me parece natural. Que un grupo de chiflados planeen y esperen a la presidenta de Cuenca de VOX en el portal de su casa para darle una paliza me resulta normal. Que una pandilla de ultraderechistas le zurra la badana a un joven activista de izquierda es perfectamente explicable, jamás justificable, pero sí comprensible. Lo extraño sería que un animal de bellota, enajenado e ideológicamente adoctrinado, un grupo de chiflados y una pandilla de ultraderechistas obsequien a sus víctimas con un ramo de rosas.


Al fin y al cabo, ya lo explicó Hayek, en 1945, en su “Camino de Servidumbre”, por qué los movimientos colectivistas extremos, sean de la ideología que sean, siempre van a estar formados por los peores individuos de la sociedad, y nunca por los mejores.

(1) Cuanto mayor sea la educación e inteligencia de los individuos que forman un grupo, mayor será la diferencia entre sus respectivos gustos y opiniones, con lo cual será más difícil que se pongan de acuerdo en un proyecto social común.

(2) Las personas de ideas vagas e imperfectamente formadas, fácilmente moldeables, de pasiones prontas a levantarse, dóciles y crédulas, sin firmes convicciones propias, tienen un común denominador cognitivo más amplio, ya que este puede conformarse desde cero para formar una creencia totalitaria.

(3) Parece casi una ley de la naturaleza humana que le es más fácil a la gente ponerse de acuerdo sobre un propósito negativo, sobre odio al enemigo o envidia hacia los ciudadanos que viven mejor, que sobre una tarea positiva.

De modo que la hegemonía de un país a través de un colectivismo más o menos totalitario siempre va a estar compuesta por las personalidades más cobardes, vacías, execrables y grotescas de la sociedad. Es lo que hay.

Pero es que, además, los bandistas, los hooligans políticos van a votar ciegamente a los suyos, se van a reestructurar cognitivamente para tolerar, justificar y minimizar las corruptelas de su bando, sesgarán la realidad para mirar hacia otro lado y no ver la crítica de su facción, se identificarán con su pandilla, cribando la información que les llega del exterior. Todo ese esfuerzo irá enfocado a hacer daño a su enemigo, al otro, a ellos, a los que consideran causantes de todos los males de su ciudad y de su país, a laminar al oponente, a castigarlo en las urnas, a ver si se enteran de una vez y les dan una paliza democrática.

A todos esos caballeros y esas señoras supuestamente adultos que, desde que se levantan hasta que se acuestan no paran de colgar ataques, insultos, bromas o críticas -más o menos sesudas- a sus antagonistas en las redes sociales, tengan en cuenta una cosa: ellos harán exactamente lo mismo.

El ridículo.