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En muchas ocasiones, pacientes con un estado de ánimo depresivo me han confesado: “La desesperanza puedo soportarla. A fin de cuentas, uno no sale de la cama y está triste, pero lo que no aguanto es ese pellizco en el estómago, esa angustia, ese miedo persistente”. La ansiedad. ¡Ay, la ansiedad!

Hay un fragmento de un poema de Georg Friedrich Daumer que expresa perfectamente nuestra relación con la ansiedad:

“No ir más a tu lado
es lo que juré y decidí
y voy cada tarde…”.

Pero, imaginen a un individuo sin ansiedad. ¡Sería lo más parecido a un suicida! Vería un camión aproximarse y pensaría: “Mira, ese tonto. Ha llamado a su camión “Pepita: te quiero”. ¡Será tonto!”. Y el camión lo despedazaría.

La ansiedad no solo es necesaria. Es inacabable. Es imposible de extirpar. De modo que lo único que podemos hacer es soportarla, aprender a convivir con ella, controlarla y no permitir que ella nos controle. El problema es cuando se nos aparece en la adolescencia -que es cuando solemos conocerla personalmente, hola, encantado- y tenemos una mente capaz de establecer múltiples y complejas relaciones entre los acontecimientos, seres vivos y objetos que nos rodean. Entonces la cosa se empieza a complicar.

En la actualidad tengo cinco pacientes adolescentes con altas capacidades en consulta. Podría parecer que tener altas capacidades sea una psicopatología. No lo es. Al igual que no es una patología sufrir pérdidas personales o separaciones sentimentales. La patología es el exceso de ansiedad, ya que ni siquiera la ansiedad lo es en sí misma. Un determinado grado de ansiedad, como dije antes, es necesaria para que “Pepita: te quiero” no nos pase por encima.

-¡Todo el mundo me dice que deje la mente en blanco, que no piense, pero no puedo! -me dicen estos adolescentes, a los que todos los adultos no paran de decirle lo sumamente afortunados que son por ser tan listos, la gracia divina, el don del universo de poseer una inteligencia bastante más alta que la media.

Créanme. Si cualquiera de estos muchachos y muchachas tuviera un cierre de rosca en el pescuezo no dudaría ni un segundo en intercambiar su cabeza con la de cualquiera de esos aduladores adultos.

Como siempre me recuerdo, hay personas que saben más que yo. De todos los temas. Una de ellas es José Luis Sánchez, er kanío. Él habló sobre la neotenia social en aquella conferencia coral que tuvo lugar en la sala Cajamar. Allí estábamos, er kanío y yo, codeándonos con los peces gordos de la sociedad malagueña. Ja. Si tienen tiempo libre vayan al minuto 41 y lo verán en acción.

José Luis ha escrito una entrada en su blog Incansable Aspersor sobre el tema de la ansiedad en las altas capacidades. Me atrevería a decir que José Luis es una eminencia en todo lo que rodea a las siempre polémicas altas capacidades. Y, como todas las genuinas eminencias, es muy probable que ni siquiera él lo sepa y, es más probable aún, que la sociedad y la posteridad, por decirlo de algún modo, tampoco caigan en la cuenta de reconocerlo. Pero, ¿a quién le importa el reconocimiento? Les puedo asegurar que, al menos a mí, me interesa más el funcionamiento de los poríferos que el reconocimiento social. Y, sospecho, que a esos adolescentes a los que la mente les va a mil, también.

https://incansableaspersor.wordpress.com/2018/03/16/la-ansiedad-en-las-altas-capacidades/

Aquí lo tienen. Espero, de corazón, que lo disfruten tanto como yo.