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Un bloqueo cognitivo muy común a la hora de postergar decisiones importantes, como romper una relación sentimental o dar un giro brusco a nuestra vida laboral, es “esperar el momento adecuado” para emprender esa decisión.

Es un bloqueo tan común como podría serlo, no sé, el propio ser humano, por ejemplo. Y en la tramoya de esta parálisis vital se suele encontrar, como de costumbre, el miedo. El miedo a sufrir tras dicha decisión, a no estar a la altura de nuestras propias expectativas, a equivocarnos o a hacer el ridículo.

Imaginen a un cocinero que, por miedo a quemarse, utiliza un traje de amianto, ¿no? Por un lado, se asegura no quemarse, pero por otro sus movimientos en la cocina se verán significativamente mermados. Pues bien, en la vida sucede lo mismo. Ser excesivamente conservador nunca nos asegura que no nos equivocaremos y, además, corremos el riesgo de que la vida pase por delante de nuestras narices sin haber vivido. Siempre a la espera del momento adecuado para hacerlo.

Una estrategia, aparentemente ingenua, para romper este bloqueo es realizar en nuestra mente un giro de pensamiento. Dejar de utilizar expresiones como “lo intentaré” o “tengo que”, y empezar de una puñetera vez a decirnos “lo haré” o “quiero”, es una excelente manera de comenzar. Pero, sobre todo, lo más importante es plantarle cara a las situaciones que nos generen miedo sin pensarlo demasiado, con un punto de sana irresponsabilidad, sin esperar más. Ahora mismo es un momento tan rotundamente malo para emprender una acción como cualquier otro.

El “momento adecuado” para mover el culo no existe. Digamos que se crea pasando por diferentes “momentos no adecuados”. De modo que el “momento adecuado” es ya, ahora, en este preciso momento inadecuado.