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Mis fines de semana son raros. La rareza parte de su absoluta normalidad. Un poco de playa, donde una sombrilla sale volando, cae encima de una enloquecida señora y se lía alguna gresca, ante la atenta mirada de un chaval que se rasca el culo desde la orilla tras enterrar una sandía; alguna cena civilizada con amigos, donde un hipster me guiña un ojo, antes de aconsejarme la paletilla de chivo; desayunos en el bar de enfrente, leyendo la ponzoña del periódico y escuchando las pésimas bromas que los parroquianos me hacen del Atleti; leer, ver pelis, hacer cosas con mi pareja, fútbol y dormir. En fin, lo que hacemos todos, supongo. ¿Dónde está la anomalía? Se preguntarán. Lo dije antes: en esta total normalidad.

Entre semana mis días están cargados de los testimonios de mis pacientes. Digamos que ya me he acostumbrado a la locura. Es mi trabajo. Mi hábitat. Es a lo que me dedico. De modo que, cuando un vecino me pregunta por mi madre, cuando alguien me cede el paso en el portal, cuando voy por la calle saludando aquí y allá, cuando todo el mundo a mi alrededor se comporta de una manera cívica, tolerante y educada, siempre pienso: “¿Qué le pasa a esta gente? Seguro que está chiflada”. 

De un tiempo para acá, los fines de semana me resultan un pelín aburridos. No tienen ese vigor, esas reservas de energía incontrolable, esa poderosa atracción que posee la locura de mis pacientes. No. Todo se desarrolla con una abrumadora normalidad, bajo el pesado juicio de la civilización represora de instintos salvajes. Todo son buenas caras, felices deseos, pretendida, pero jamás alcanzada blancura infantil. 

Ya no hay idas y venidas, llamadas intempestivas, carreras en mitad de la noche, ojos que miran tras una rendija, gruesos cuellos tatuados, instrucciones precisas, cadenas que dan vueltas alrededor del dedo índice, escupitajos en la acera, escaleras más sucias que el paso de una romería, cartones de comida rápida. Todo eso quedó atrás. Y yo me alegro por ello. Esas risotadas que, toda vez concluidas, daban paso a un horizonte tan inexistente como angustioso.

Sin embargo, en los fines de semana, no sé por qué, siempre recuerdo las palabras de Poe: “Cuando un loco parece completamente sensato es ya el momento, en efecto, de ponerle la camisa de fuerza“.