GODFATHER2-jpg

Cuando Michael Corleone anuncia que se enrolará en el ejército, el día del cumpleaños de su padre, todos abandonan la mesa y lo dejan allí solo, fumando, mientras las divertidas risas de los asistentes resuenan al fondo. El Padrino siempre preguntaba por Michael, pero Michael nunca estaba. No quería saber nada de los negocios de su familia.

En mi opinión, este es el mejor plano de El Padrino. Pasa casi desapercibido, tanto para la crítica como para el imaginario del espectador. Pero es el plano. Es el puñetero plano de la puñetera trilogía más maravillosa de la puñetera historia del cine.

Michael está en el cumpleaños de su padre. En el cumpleaños de El Padrino.

Todos están allí.

Con sus matasuegras y toda la maldita pesca. Esperando para hacerle una fiesta sorpresa.

Entonces Michael dice que se ha presentado voluntario para ir a la guerra.

¿Pero, tú eres gilipollas? ¡Qué ha hecho este país por ti! ¡Imbécil!

Le preguntan. Le gritan. Le insultan.

Y en esto llega el padre. Marlon Brando.

Y todo el mundo desaparece de plano.

Y se escucha ¡Cumpleaños feliz!

Y Michael se queda solo.

Fumando en aquella habitación.

Pese a esta soledad, que se mantiene durante toda la trilogía, cuando las cosas se ponen feas en la familia, es precisamente Michael el que se mancha las manos de sangre más que ningún otro hermano, el que se mete en el fango sin pensar en las consecuencias. Solo pensando en la familia y en su padre.

El Padrino me parece la más lúcida metáfora del rol que tienen los hijos menores, sobre todo, dentro de una familia cuando las cosas se ponen feas. Sus vidas no están tan hechas como las de sus hermanos mayores. No les ha dado tiempo, antes de que llegue la senectud de sus padres. De modo que, digamos, están más asequibles para plantar cara a cualquier eventualidad familiar, por regla general. Se les presupone más disposición para adquirir el rol de encargarse de determinadas cosas. Aunque no siempre sea así, ya que esta disposición no deja de ser una cuestión de ética personal.

Cuando todo va bien es sencillo mostrarse simpático y agradable. Es solo cuando la vida se tuerce cuando aparecen las personas, en su total y descarnada sinceridad. Y ahí, en ese preciso instante, es cuando los egoístas y cobardes, o los valientes y abnegados, se muestran tal y como son.

Todo el mundo quería a Michael.

Pero él nunca estaba.

Hasta que apareció, con una violencia inusitada.

Y no le faltaban razones.