DedoHume

Cuando Hume reflexionaba se le relajaba toda la cara y se le ponía, así, hacia abajo: los pómulos, la boca, la frente. Se le ponía cara de tonto. De tonto Hume. Los críos de su clase se reían de él. Y los padres de esos críos. Toda esa gente que se creía lista y linda se reía de Hume. Pero este tonto descubrió que cualquier conocimiento emanaba de la experiencia sensible. Sin ella, sin la experiencia sensible, no se podía alcanzar el entendimiento de nada. La experiencia sensible era el manantial del saber y del conocimiento.

Y, ahora, todos los doctores en historia y los catedráticos en filosofía se devanan los sesos decidiendo si este tío, al que llamaban tonto en clase, era un escéptico o un naturalista, o ambas cosas. En Edimburgo hay una enorme estatua cincelada en bronce con un enorme dedo pulido y manoseado saliendo de un enorme pie. Es de Hume. Y la gente lo besa y lo toca, pensando que esto le hará inteligente.

Y, es muy probable, que toda esa gente que se cree lista y linda lo bese con mayor fruición. Al fin y al cabo, sabe que es tonta, humildemente tonta, como podría serlo yo, y que nunca tendrá ninguna experiencia.

Y muchísimo menos sensible.

Si no, no manosearía tanto ese dedo de bronce.

Por razones ajenas a mi voluntad, como se solía decir en la pretérita tele analógica de presentadores embalsamados, mi carrera profesional se ha visto cruzada con jóvenes con Altas Capacidades. Y con sus padres. Nada fue pretendido. No tengo un CEO imbécil que me haga un cuadrante estúpido de clientes targets a los que chupar la sangre. Gracias a dios. O, bueno, si no a dios, gracias al caos determinista. Llegó el primer paciente, vacilón y difícil como pocos, con el que llegué a salir de juerga y todo para conocer mejor su entorno. Y, luego, todos los demás.

La cuestión es que, por alguna razón, me llevo bien con esos chavales, con esas muchachas, que me cuentan que su mente va más rápida que su ejecución y que, bueno, en las pruebas de conocimiento arrastran errores que no pueden evitar.

Guay.

Desde hace ya bastante tiempo me  he convertido en un psicólogo muy práctico. No le doy demasiadas vueltas a la vida pasada de mis pacientes. Imaginemos que conseguimos, a través de un viaje retrospectivo, llegar a la causa por la que alguien no se siente del todo satisfecho con el sexo. Logramos llegar al origen. A aquel día en el que, bien, se fraguó la tragedia.

¿Y?

Se acabó. El sistema educativo no va a cambiar. No lo va a hacer. Pueden seguir usando a sus hijos como causas. ¡Esta hija tan guapa y lista es mi causa vital! Vale. ¿Y? No les van a hacer caso. No. Esa es la realidad. Y a la realidad no pienso ponerle adjetivos como “triste” o “injusta”. Porque yo tengo un puñetero 174 de CI y solucioné todos los problemas que me surgieron de ver líneas, en lugar de piezas, cuando jugaba al ajedrez, de que los otros críos me esperaran a la salida del colegio para zurrarme la badana, de que los profesores me acusaran de falsificador por entregar un análisis de texto trimestral en una semana, de oler y sentir tacto, de tocar y notar algo en el paladar o de ver y oír, como se han de solucionar las cosas.

A ostias.

Las Altas Capacidades no son una psicopatología. No. Pero sí son un hándicap. Y MUY serio. Algunos de mis trabajadores pacientes se niegan a que les haga un informe de estrés para solicitar una baja laboral. Los padres de mis pacientes con Altas Capacidades se suelen negar a que les remita un informe psicológico de sus hijos a sus profesores, tutores o jefes de departamento. “Que se lo gane. Que no le regalen nada. Que no haya trato de favor”. Suelen decir.

Bueno. El mundo es imperfecto. Y les puedo asegurar que yo no escribí las normas. Simplemente me limité a cumplirlas, llegado el momento. Sin juicios. Sin desgarros de camisa. Sin indignación. Que un alumno con Altas Capacidades comience a aprobar asignaturas va a provocar que su autoestima mejore. Quizá algunos profesores no hagan caso de mis informes, pero la mayoría lo hace.

Es época de exámenes. Me ofrezco para remitir un informe de sus hijos a sus profesores, tutores o jefes de departamento. Y hablar con ellos. Para un estudiante no es lo mismo aprobar cinco que ocho. Seamos prácticos. Y las asignaturas que estén en el alambre, suelen pasar bajo la información de mis informes. Se los digo por experiencia propia.

¿Qué prefieren? ¿Un hijo o una hija como causa por la que luchar o como ser humano de carne y hueso?

Soy mi propio jefe. Puedo hacer conmigo mismo lo que me venga en gana. Si así lo desean pónganse en contacto conmigo y les ayudaré a arrinconar a las instituciones educativas, ciegas, mudas y sordas a sus alumnos más aventajados. Les cobraré exactamente esto.

CERO.