depositphotos_13306775-stock-photo-broken-chain

Una excelente forma de buscarnos nuevos y nuevos y nuevos problemas es aceptar nuestra incapacidad para afrontar nuestra responsabilidad individual ante la vida.

Si nos negamos a asumir la responsabilidad de nuestra vida -coyuntura más habitual hoy de lo que pueda parecer-, cedemos todo nuestro poder personal a terceras personas, administraciones públicas y estamentos políticos. Si bien es cierto que somos impotentes ante determinadas circunstancias sociales, no lo es menos que no lo somos ante nuestra conducta individual.

Muchos de nosotros solemos apoyarnos en la impotencia para evitar tomar decisiones. Solemos incluso aferrarnos a conductas, pensamientos y sentimientos que pensábamos que habíamos dejado atrás, con tal de no dar un paso adelante. Pura ilusión autoindulgente y exculpatoria. Alegar impotencia, frustración ante nuestro comportamiento, culpar a los demás de nuestra situación, es un mecanismo de defensa tan infantil como inútil. Y lo que es peor: la posibilidad de pasar décadas sintiéndonos víctimas del sistema, del entorno, de los demás, es tan real como frecuente.

Yo siempre suelo reivindicar -quizá porque yo mismo lo sea un poco- la figura del “responsable irresponsable”, o del “irresponsable responsable”, como prefieran llamarlo. Lejos de parecer un oxímoron, esta persona toma decisiones penosas, se equivoca constantemente, mete la pata bastante a menudo, hace cosas a deshoras, pero no suele pringar a nadie. Se puede ser un inmaduro, pero no por ello renunciar a la propia autonomía.

A fin de cuentas, la responsabilidad está en la conciencia de cada uno de nosotros. Y en filosofía ya se ha estudiado la ética sobre la base de la moral. No es nada nuevo todo esto de lo que hablo, aunque lo parezca. Y como no es nada nuevo, no se va a solucionar con una aplicación de móvil, como parece que queremos solucionar todo hoy.

En lugar de pasar por la vida sin dar la cara, podemos asumir riesgos. Podemos adoptar un buen concepto de nosotros mismos y aprender a vivir con buena voluntad. Quizá así podremos cambiar, elegir y aprender.

Y, de paso, dejar de molestar a los demás.

A lo mejor podemos llegar a tomar decisiones propias. Estas decisiones propias podrán ser erróneas, calamitosas, fatales, pero serán nuestras. No serán de nadie más. Y eso, al fin y al cabo, es lo que cuenta.