800px-Charles_Dickens-A_Christmas_Carol-Title_page-First_edition_1843

El pequeño Dickens fue enviado a trabajar a una fábrica de Londres y hospedado en una casa de acogida. Sus jornadas laborales resultaban interminables, etiquetando botes de betún para calzado por una miseria. En David Copperfield, considerada por el propio autor como su obra más autobiográfica, escribiría: “Yo no recibía ningún consejo, ningún apoyo, ningún estímulo, ningún consuelo, ninguna asistencia de ningún tipo, de nadie que me pudiera recordar. ¡Cuánto deseaba ir al cielo!”

Lo que sintió Charles Dickens de muchacho todos lo podemos llegar a imaginar. Pero la empatía es bastante tramposa. ¡Cuidado con ella! No imaginamos lo que él sintió. Imaginamos lo que nosotros hubiéramos sentido en sus circunstancias. De modo que, ya saben, cuando vean a un vagabundo por la calle, bebiendo un cartón de vino barato y silbando alegres melodías por el hueco de un diente mellado, traten de pensar que cabe la posibilidad, siempre cabe la posibilidad, de que él sea más feliz que nosotros.

En estas fechas yo esperaba a que mi familia se subiera a un taxi -me temblaban las piernas de emoción-, mientras posiblemente observara, soñolienta, el cogote que le había tocado en suerte. Y, luego, a un autobús y, más tarde, a un avión, que tardaba varias horas en cruzar un espeso y gigantesco charco de agua, que conectaba con otro cacharro con alas desde el cual se introducía en un metro que parecía un ovario y, desde allí, a una cola para comprar un ticket de tren. Al final de ese trayecto me encontraba yo. Nervioso como si fuera Charles Dickens de joven, pero con suerte. Muchísima suerte.

Este año nada de eso ha podido suceder. No hemos podido vivir catorce personas bajo el techo de mi casa. Ojalá la Ciencia encuentre el modo de coger al coronavirus, arrinconarlo en una esquina y, aprovechando el factor sorpresa, le zurre la badana. Sí. Una buena paliza. Sin escatimar en violencia. Bocados, puñetazos, golpes bajos, cabezazos, puños americanos, bates de beisbol, lanzallamas, pistolas, bombas nucleares. Vamos, Ciencia. A por la COVID-19. La Humanidad está contigo.

Una vez tuve una joven paciente que odiaba La Navidad. La odiaba tanto, tantísimo, justo en la misma medida en la que antes la quiso. Un desafortunado suceso rompió la magia. “Tú me sacaste del hoyo en el que estaba. Siempre voy a agradecerte eso”. Me dijo la última vez que nos vimos, justo antes de despedirnos. “Lo mismo digo”, respondí. “Tú me permitiste sacarte del hoyo en el que estabas. Y yo siempre voy a agradecerte eso”.

Estas fechas no son sencillas para mucha gente y por tantas razones -no todas materiales- que no caben en una burda, insignificante entrada de blog. A todos ustedes que lo están pasando mal:

¡FELIZ NAVIDAD!