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El pequeño Dickens fue enviado a trabajar a una fábrica de Londres y hospedado en una casa de acogida. Sus jornadas laborales resultaban interminables, etiquetando botes de betún para calzado por una miseria. En David Copperfield, considerada por el propio autor como su obra más autobiográfica, escribiría: “Yo no recibía ningún consejo, ningún apoyo, ningún estímulo, ningún consuelo, ninguna asistencia de ningún tipo, de nadie que me pudiera recordar. ¡Cuánto deseaba ir al cielo!”

Somos todos muy parecidos. Y lo que sintió Charles Dickens de muchacho todos lo podemos llegar a imaginar. Pero la empatía es bastante tramposa. No imaginamos lo que él sintió. Imaginamos lo que nosotros hubiéramos sentido en sus circunstancias. De modo que dentro de nuestras semejanzas, por supuesto, se encuentra la de sentirnos muy diferentes. Por eso pensamos, cuando estamos enamorados, que esa persona que tenemos a nuestro lado es única, sensible, inigualable. No hay nada más sencillo. Lo difícil sería encontrar lo contrario.

Dentro de esta absoluta homogeneidad como especie, tenemos nuestro cerebro. No está preparado para buscar y, mucho menos, encontrar verdades. Sino para poner orden en nuestro universo. Ese es su principal cometido. De ahí que hayan existido tantísimas ideas erróneas y tan solo unas pocas acertadas, a lo largo de la Historia. Con todo, esas pocas son las que nos han hecho avanzar como grupo, a saltos cualitativos.

En estas fechas muchos nos subimos a un taxi y, luego, a un autobús y, más tarde, a un avión, que tarda varias horas en cruzar un espeso y gigantesco charco de agua, que conecta con otro cacharro con alas desde el cual nos introducimos en un metro que parece un ovario y, desde allí, a una cola para comprar un ticket de tren. Al final de ese trayecto se encuentra nuestra familia.

Somos una especie animal gregaria y miedosa la humana. Por eso nos encanta estar juntos. Les deseo a todos que pasen una buena noche y feliz navidad. En especial a los que la detestan, a los que odian esta noche tiránica que obliga a la felicidad. Y, más en especial, a una joven muy guay, una paciente a la que quiero mucho y llevo casi un año sin ver. Se puso bien. ¿Lo pueden creer? ¡Se puso bien justo cuando pasaron las navidades! Aquello fue como un milagro antinavideño. Puro duende. (Aunque, en mi opinión, fue tan solo una coincidencia). No sé si lo seguirá haciendo pero, ay, ¡cómo odiaba las navidades esta muchacha! ¡Nunca en mi vida he conocido a nadie que odiara tanto estas fechas! A muerte.

“Tú me sacaste del hoyo en el que estaba. Siempre voy a agradecerte eso”. Me dijo, justo antes de despedirnos. “Lo mismo digo”, respondí. “Tú me permitiste sacarte del hoyo en el que estabas. Y yo siempre voy a agradecerte eso”.

Estas fechas no son sencillas para mucha gente y por tantas razones -no todas materiales- que no caben en una burda, insignificante entrada de blog. A todos ustedes que lo están pasando mal.

Feliz y asquerosa navidad.