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En la actualidad se tiene una visión un tanto distorsionada de lo que significa el estoicismo. Cuando se dice aquello de “Aguantaré estoicamente el chaparrón” se suele pensar en que uno tiene que encogerse de hombros, bajar la cabeza y apretar los dientes. Abandonar, no oponer resistencia, aceptar el destino. Sin embargo, el estoicismo no solo no abraza esta suerte de resignada aceptación, sino que se puede afirmar, sin miedo a equivocarnos, que recomienda todo lo contrario.

Los estoicos fundaron una escuela de psicología muy rigurosa y práctica. Zenón sostenía que había que soportar las adversidades no otorgándole tantísimo valor a lo material, dominando los acontecimientos vitales, en lugar de que ellos nos dominen a nosotros, y utilizar la razón y la valentía ante la vida. Todos tenemos más recursos naturales para plantarle cara a las desgracias de lo que creemos.

Pero, ¿cómo dominar los acontecimientos, tenemos algún control sobre ellos? No o, bueno, muy poco, aunque nuestra sesgada mente piense que sea así. Con todo, nos podemos centrar en gestionar bien las emociones que surgen de estos acontecimientos, sobre todo cuando poseen un carácter escabroso, que es a lo que se refería Zenón. Sobre este aspecto sí tenemos garantizado un porcentaje altísimo de control. Y es que pocas cosas hay peores que caer en un secuestro emocional angustioso, temeroso, ansioso. Estas emociones nos controlan, en lugar de controlarlas nosotros, convirtiéndonos en personas mentirosas, manipuladoras, violentas y dependientes.

La mejor gente que me he encontrado en mi vida es sencilla, amable, ingenua, con tendencia a ayudar a los demás desinteresadamente… y muy estoica. El joven cinismo que se respira actualmente me resulta del todo ajeno. Hedonista, conservador pese a los gestos contrarios, lánguido, malcriado, envidioso, exhibicionista, prejuicioso, presumido y maleducado.

El cinismo está de más. No funciona. La mayoría de gente cínica que conozco está podrida por dentro. Eso sí: es guapa. No en vano, Antístenes se tuvo que inventar un gimnasio para soportar su cinismo. Eso sí: era guapo.

El concepto y la confianza que tenemos en nosotros mismos depende, en gran parte, de que adoptemos ante la vida una actitud estoica, ética, que prescinda de los objetos externos sin vinculación emocional y de los deseos banales. Fuerte y valiente, pero no en el sentido peyorativo, sino en la dirección de ser capaces de dominar nuestras tendencias autodestructivas y nuestra egolatría ante las desgracias.

Y, que conste, aprender a pensar, sentir y comportarse como una persona estoica no es ya tanto una cuestión moral, sino más bien práctica. Si encaramos la vida con más conciencia, control, lógica e indiferencia hacia lo material, nos acercaremos más a vivir sin miedo, que es la definición que de momento mejor se ajusta a la felicidad clásica, no a la tan obsesiva como errática búsqueda de la felicidad moderna.