limite

No soy psicólogo. Mi trabajo no me define. Digamos que trabajo como psicólogo y, como tal, tengo mis humildes límites.

Un límite es la programación mental religiosa o ideológica extrema en una determinada dirección. Admito humildemente que no estoy capacitado para revertir esta situación. De ello me di cuenta cuando unos padres ultra religiosos de un paciente que tuve me preguntaron: “¿Cabe la posibilidad de que Dios le esté hablando a nuestro hijo?”. Y yo respondí: “No“.

Fue la última vez que los vi. Buena gente, por cierto, aunque no venga al caso.

Otro límite son los trastornos de la alimentación. En este caso no es que yo esté limitado para ayudar a esa persona o, bueno, digamos que este límite particular me lo impone mi ética profesional. Hay especialistas que hacen de un modo más eficiente que yo este trabajo y en mi moral recae el peso de hacerlo saber.

El tercer límite es la pérdida de un hijo o una hija. Podría mentir y decir que estoy capacitado para extirpar esas emociones tan tan tan sumamente desagradables, contradictorias y anómalas que le sobrevienen a un ser humano cuando pierde a un miembro de su prole. Pero, lo cierto, es que no lo estoy.