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Cuando exponemos nuestras ideas en una lengua extranjera nos parecen mucho más claras, pero menos convincentes. Digamos que la retórica, la ampulosidad de nuestras palabras desaparecen en una gran medida, dejando paso a un discurso más austero desde un punto de vista emocional.

En psicología existe el efecto de la lengua extranjera. Si una persona es bi, tri o lo-que-sea-lingüe, el reflexionar en una lengua que no sea la materna elimina muchos sesgos, se toma más distancia afectiva y cognitiva y las decisiones se nos aparecen de un modo más claro.

Nuestra lengua materna está llena de asociaciones semánticas y atajos mentales. En cambio, una lengua extranjera nos compromete a utilizar la parte más lógica de nuestro cerebro. Digamos que no está intoxicada por las emociones y por su uso predominante durante los primeros años de nuestra vida.

Por poner un ejemplo práctico, en mi caso si alguien confiesa que me ama, no es lo mismo que me diga “Te amo. Mi amor, mi único amor, mi verdadero amor”, a que me diga “I love you. My love, my only love, my true love”, o bien: “Ti amo. Il mio amore, il mio unico amore, il mio vero amore”. La primera frase podría provocarme un hondo estremecimiento, un éxtasis sentimental o una enorme y tierna erección si es correspondido, e incomodidad si no lo es. En cambio, las otras dos me dejarían más o menos igual de frío, pese a la belleza sintáctica y sonora del italiano. O si, por ejemplo, alguien me insultara en estos tres idiomas me sucedería lo mismo. El español me lastimaría en mi orgullo pero, en cambio, el inglés y el italiano no tanto.

Nuestra lengua extranjera mejor aprendida minimiza los sesgos cognitivos a la hora de tomar decisiones. Nuestras alteraciones y anomalías de conciencia que producen, o pueden producir, entre otras psicopatologías, estrés, ansiedad o depresión, no influirían tanto. Normalmente estas predisposiciones de nuestra mente, estas inercias de pensamiento, nos acarrean efectos negativos, indeseables o irracionales, pero no siempre es así.

De hecho, existe un sesgo que puede ser nuestro aliado: el efecto de lengua extranjera.