Rusty

Hará unos años, durante unos días un teléfono desconocido estuvo llamándome insistentemente, con tan mala suerte que nunca coincidíamos, bien porque yo estaba ocupado con el trabajo, bien porque estaba ocupado con mi vida personal. Pero cuando, al fin, pudimos hablar, la voz al otro lado del hilo telefónico me preguntó, con un tono muy educado:
-¿Podría hablar con Luis?
-Sí, soy yo.
-No, usted no es Luis.
-Sí, soy Luis.
-No, usted no es Luis. Al menos no el Luis que yo busco. Disculpe las molestias.
Y, sin más, colgó.
Lo primero que se me vino a la cabeza fue aquella primera escena de Carretera Perdida, cuando Bill Pullman está en su casa fumando, con esas largas, profundas y ansiosas caladas que siempre aparecen en las películas de Lynch, y el interfono suena y resulta que es él el que está abajo, en la puerta del portal, y se dice a si mismo una cosa muy escabrosa. No sé por qué, pero la cuestión es que aquel plano ocupó, durante un instante, el escenario principal de mis pensamientos.

Luego pensé en una de las causas de ansiedad más frecuentes entre mis pacientes: la desincronización que existe entre nuestro yo-real y nuestro yo-arquetípico-social. Pienso una cosa pero hago otra, siento una cosa pero pienso la contraria, siento una cosa pero hago esta otra. Al fin y al cabo, la voz me lo dejó bien claro: “No, usted no es Luis. Al menos no el Luis que yo busco”. ¿Habría yo cambiado tanto que aquel hombre no reconocía en mí al Luis que él buscaba? ¿Era yo ya otro Luis? Y de ser así, ¿qué Luis era yo entonces?
Aquella inocente (en apariencia) llamada desencadenó en mi corriente de pensamiento una infinidad de preguntas. ¿Somos siempre la misma persona? ¿Podemos cambiar nuestra esencia o la cabra, tarde o temprano, acaba tirando para el monte? ¿Existe tal esencia? ¿Sirven nuestros recuerdos para mantener una inquebrantable unidad nacional dentro de nuestra persona, o de eso ya se encargan los sentimientos? ¿Nuestro cerebro nos engaña con fines darwinísticos para que sobrevivamos? ¿Nos ayuda a sobrevivir el pensar que somos un individuo? ¿De verdad somos un individuo? ¿Somos alguien o el espejismo de alguien? ¿Somos una persona?

Mi mente se llenó de preguntas. Preguntas a las que, al menos yo, no era capaz de dar respuestas. Si las tuviera sería un premio Nobel -desprestigiado en la última década, por cierto- y no un simple psicólogo clínico de provincias. Mi profesión es curar a los neuróticos, flexibilizar la mente de los obsesivos, rebajar el miedo de las víctimas de abusos de cualquier clase, restablecer el estado de ánimo de los depresivos. Esas cosas. Y la vida no es tan larga como parece, de modo que tenemos que centrarnos en ser buenos al menos en una sola cosa, que ya es difícil. Y, para colmo, no soy filósofo. Bastante trabajo tengo con sacar a flote a toda esa pobre gente que acude, como un incesante goteo, a mi consulta, así que pronto dejé aparcado todo aquel torrente inquisitivo.
El tiempo pasó hasta que, tras unos meses, este mismo hombre volvió a llamarme por teléfono. Aunque el tono fue más distendido en un comienzo (“¡Luis, tío, qué pasa!”), cuando escuchó mi voz (“¿Quién eres?”) se tornó de nuevo en gélido y educado (“Perdone, me he equivocado”). Y aunque yo intenté, en vano, retenerlo (“No se ha equivocado. Yo soy Luis. Sí. Soy Luis Marí-Beffa”), el enigmático hombre volvió a disculparse (“Lo siento”) y colgó.
En las novelas europeas previas al Quijote, los personajes solían ser los mismos al principio y al final de sus andanzas. Eran personajes rígidos y acartonados. Solo a partir de Cervantes los intérpretes de las narraciones empezaron a alterar los acontecimientos y, a la vez, a ser alterados por los mismos. El o la protagonista comienza siendo “uno”, pero acaba siendo “otro”. Sucedió con la Emma de Madame Bobary o con la mismísima Ana Karenina, con luctuosos finales para ambas, que evolucionaron tanto con la acción que tuvo lugar una transformación muy significativa.

Estoy convencido de que Cervantes afectó más al devenir humano que nuestro tan cacareado lóbulo frontal, donde se encuentra el control de la amígdala, la conciencia y, por extensión, la identidad.
Somos animales narrativos. No cabe duda. Y como no cabe duda, no me importa recordarlo cuantas veces sea necesario. Unos somos cervantinos, otros homéricos. La mayoría dickensianos. Somos lo que nos contamos, básicamente. Si nos contamos una historia de terror, seremos terroríficos. Si nos contamos una historia de amor, estaremos enamorados. Si nos contamos una historia ridícula, seremos seres ridículos. Seremos seres. Seremos seres… ¿Seremos seres?

No lo sé. No estoy seguro del todo. Pero sinceramente creo que no somos nadie. Suena mal, ¿no? Ser nadie. ¡Madre mía! Ser nadie suena horrible, ¿verdad? Qué duro es ser nadie. Ser un auténtico y flamante Don Nadie. Uno trabaja, trabaja y trabaja y tiene sus críos y lucha por ellos y, después, cuando abre la cerveza y se mira al espejo, la luna nos refleja una gran nada. Terrible. Como los vampiros. Pero no nos gusta ser nadie, ¿a que sí? A todos nos chifla ser alguien. ¡Al menos a mí me encanta! Pero, ¿somos alguien? Como les dije antes, no tengo una respuesta. Por lo menos, no una que resulte lógica. Tan solo tengo la intuición, el runrún de que no somos nadie. Que, lejos de resultar triste, aligera bastante la carga existencial. No ser nadie puede resultar de lo más liberador. Pruébenlo. Ya verán.
Al final de este artículo hay un hombre. Desaliñado, torturado por su conciencia, con un pasado atroz que le persigue: la muerte de su hija pequeña. Nuestro hombre está frente a dos policías que le están interrogando. Ahí está nuestro hombre, bebiendo cervezas una tras otra, haciendo con una navaja la miniatura de un ser humano. Mira a sus interrogadores, le da una calada profunda a su pitillo, coloca el pequeño hombrecito de lata de cerveza encima de la mesa y le dice a uno de ellos. “Tú, tú mismo, todo este gran drama, nunca fue más que un burdo engaño de la arrogancia y la estúpida voluntad humana. Pero puedes simplemente liberarte de todo eso. Darte cuenta de que toda tu vida, todo lo que amas, lo que odias, tus memorias, todo tu dolor, era parte de una misma cosa. Era todo un mismo sueño. Un sueño que albergaste dentro de una habitación cerrada. Un sueño acerca de ser una persona. Y, como sucede en los sueños, al final hay un monstruo“.