resplandor

“La cara no es el espejo del alma. La cara no es más que una careta”. Santiago Ramón y Cajal.

El efecto Halo es un sesgo cognitivo que afecta de manera decisiva a nuestra forma de mirar el mundo, pese a que el mundo vaya por otro lado. El efecto Halo provoca que la percepción de un rasgo particular influya en la percepción del todo que posee ese rasgo, y si a ese rasgo particular le otorgamos una atribución moral positiva o negativa llevados por nuestros prejuicios, a ese todo que posee ese rasgo lo juzgaremos positiva o negativamente.

El efecto Halo, en psicología, se ha estudiado, sobre todo, a través de un experimento sencillo que, en su día, me llamó mucho la atención. A los sujetos experimentales se le presentaban dos fotografías: una de un muchacho blanquito, de mirada angelical y rubio; y otra de un niño moreno, de ojos negros penetrantes y de piel oscura. A continuación se les mostraba un determinado acto de la vida del que se extraía un juicio moral. Cuando el juicio moral era positivo: “¿Cuál de los dos niños ayudó a la señora mayor?”, los sujetos porcentualmente solían elegir al muchacho blanco. Y cuando el juicio moral era negativo: “¿Cuál de los dos jóvenes empujó adrede a la señora mayor para que se cayera?”, los sujetos significativamente optaban por el joven de piel oscura.

Un ejemplo práctico de actualidad de cómo funciona el Efecto Halo. En 2007, los países nórdicos encabezaron la lista de mujeres europeas que morían a causa de la violencia machista. España estaba a la cola. Además, en aquella época, la Agencia de los Derechos Fundamentales de la UE, hizo públicos los datos de la mayor encuesta del mundo sobre machismo entre los Estados miembros. Los datos revelaban que España se encontraba entre los países europeos con menor porcentaje de mujeres que habían experimentado violencia sexual o física (un 13%) por su actual o anteriores parejas. Y que, de nuevo, en los países nórdicos el 52% de las danesas y el 47% de las finlandesas declaraban haber sido víctimas sexuales en algún momento desde que cumplieron 15 años.

Sin embargo, lo curioso de aquella macroencuesta no fue que muy pocos españoles la creyeran, o que su difusión apenas tuviera eco social, sino que incluso se trataron de explicar estos resultados desde nuestras asociaciones y áreas públicas de igualdad aludiendo a que, como las europeas del norte son más feministas, denunciaban más asuntos relativos a esta cuestión. Ante esto un psicólogo clínico debía preguntarse: ¿y qué sucedía con las muertes, por qué morían allí más mujeres, podrían interpretarse también las cifras de fallecidas? Efectivamente, la respuesta resultaba incluso más prejuiciosa que la anterior: como las mujeres de la Europa civilizada eran más feministas, las mataban más a causa de este detalle: su feminismo.

El mundo es imperfecto. Siempre lo ha sido. Tiene exactamente las mismas imperfecciones que tenemos los seres humanos, y el resto de animales, por cierto. La violencia machista es solo una de entre muchísimas. Aspirar a un mundo más justo, democrático, feminista y altruista es una de las aspiraciones más nobles del ser humano. Y, en poco más de cuatro décadas de edad de nuestra joven democracia, España ha conseguido en estas reivindicaciones sociales unos avances espectaculares.

Desde aquella encuesta de 2007 -hace ya doce años-, los datos que arrojan las sucesivas cifras oficiales de la UE no han cambiado demasiado. Siguen con esta misma tendencia. Y la percepción que tenemos los españoles de nosotros mismos, es decir, nuestra autoestima, tampoco lo ha hecho: seguimos creyendo que vivimos en el mismo país, en aquel país recalcitrante, en blanco y negro, machista y atrasado, fruto de una educación represora para las mujeres, pese a que la realidad no sea esa.

Digamos que, una vez más, la realidad no parece suficiente para explicar la realidad.