Nada más ganar -no se puede recuperar algo que nunca se tuvo- la India su independencia, sus calles se llenaron de violencia entre musulmanes y partidarios del hinduismo. Hasta el punto de que Gandhi se puso en huelga de hambre y, cuando la gente vio que enfermaba gravemente, cesaron los disturbios. Hasta aquí, todo cierto. Al tiempo un hombre fue a visitar a Gandhi y le dijo: “Vengo a visitarle porque, cuando salga de aquí, me suicidaré”. Aquel hombre le contó que, en plenas revueltas, un hombre musulmán mató a su mujer y que, llevado por la ira, cogió una maza enorme de su casa y aplastó los cráneos de dos niños musulmanes que vio solos por la calle. Desde entonces, el sentimiento de culpa lo martirizaba tanto que había decidido suicidarse. Gandhi le dijo: “En lugar de suicidarte, lo que puedes hacer es adoptar a dos niños musulmanes y, además, educarlos en su propia religión“. Hasta aquí, cabe el mito.

Pero, a veces, los mitos pueden explicar cosas. Cosas que la razón no alcanza a explicar. Los griegos sabían mucho de este, y otros temas. En el del hinduista al borde de la autolisis, y sin necesidad de abrazar una vaca sagrada entre lágrimas, el mito explica que mediante la culpa solo podemos sufrir y martirizarnos. Nada más. Sin embargo, mediante la responsabilidad podemos hacer algo para enmendar el daño que hicimos y poder mirarnos al espejo con la cabeza alta.

Esta sencilla historia mítica suele poseer un hondo y duradero impacto moral y afectivo en mis pacientes, que reduce sus niveles de angustia y culpa -esas gemelas casi univitelinas-.

Creernos más listas que nuestras generaciones antecesoras nos puede llevar a tener la falsa sensación de ignorante poder de Ícaro, hijo de Dédalo. Minos encerró a Ícaro y a su padre y al minotauro en el laberinto que Dédalo construyó, para que nunca nadie conociera el secreto de la salida. Padre e hijo escaparon volando pero Ícaro, desoyendo las órdenes de Dédalo de que volara bajo, se acercó tanto al sol que sus alas de cera se derritieron y murió.

Si quieres sobrevivir, no seas tan gilipollas como Ícaro.

El rey Sísifo provocó la ira de Zeus al acusarle del rapto de la ninfa Egina ante su padre Asopo, para manipularlo y conseguir agua potable para su ciudad. Zeus ordenó a Thanatos que llevara a Sísifo al inframundo, pero volvió a engañar al dios de la muerte y lo encadenó en su celda de los bajos fondos divinos. Actualmente Sísifo lleva una gigantesca roca redonda a la cima de una montaña y, cada día, la roca cae del otro lado de la ladera.

Si mientes y manipulas, tú mismo serás presa de tus mentiras y manipulaciones.

De nada. A mandar.